martes, 24 de noviembre de 2009

Evanescencia

Huyó la tarde, temblando y haciéndose borrosa,

se ocultó en la noche, fría como el vacío entre dos cuerpos,

y también se marchó. Cuando por fin encontré (o apareció) el día

dio media vuelta y otra vez fue noche helada,

sin embargo igual, y siempre, se logro escurrir.

El río llegó al gran océano y con él se fundió,

no fue más que un camino seco

y cuando lo quise caminar, no había dirección ni mar.

La luna, un hueco sideral, recuerda al dolor de una herida

por lo que no está, como los jardines sin flores, como las flores sin sol,

difuntos de un pantano gris sin cuerpo.

Del sol, qué más, iluminó solo ese tiempo

y hoy ya no está ni en el reflejo de un cristal,

mi sombra prefirió seguir por su lado,

y aunque el árbol tampoco la tiene

no le importa, porque el árbol no está

ni su raíz, ni su fruto

ni el niño que descansa en su regazo,

y las gotas del cielo, esas que lo nutren

que florecen la esperanza cada día

se disuelven antes de llegar a mis manos

y la oscuridad ahora esclaviza, seca y fría.

Luego que tu ultima fugaz caricia

rozó mi alma, llenándola de dudas

también, con el viento, escaparon

y si existía un pedacito de aire

era mi respiración, que ya no vacila

porque se esfumó.

Todo se siente muy frío porque todo no está.

Ayer casi creí ver una estrella,

pero observe mejor y el cielo tampoco estaba,

y ese pequeño brillo fue

solo la primera gota que mi ojo izquierdo desprendió;

por estos días es lo único que hay

y lo demás no está,

o tal vez es solamente que ella se fue

y con ella, todo.


0 aurea mediocritas:

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