Evanescencia
Huyó la tarde, temblando y haciéndose borrosa,
se ocultó en la noche, fría como el vacío entre dos cuerpos,
y también se marchó. Cuando por fin encontré (o apareció) el día
dio media vuelta y otra vez fue noche helada,
sin embargo igual, y siempre, se logro escurrir.
El río llegó al gran océano y con él se fundió,
no fue más que un camino seco
y cuando lo quise caminar, no había dirección ni mar.
La luna, un hueco sideral, recuerda al dolor de una herida
por lo que no está, como los jardines sin flores, como las flores sin sol,
difuntos de un pantano gris sin cuerpo.
Del sol, qué más, iluminó solo ese tiempo
y hoy ya no está ni en el reflejo de un cristal,
mi sombra prefirió seguir por su lado,
y aunque el árbol tampoco la tiene
no le importa, porque el árbol no está
ni su raíz, ni su fruto
ni el niño que descansa en su regazo,
y las gotas del cielo, esas que lo nutren
que florecen la esperanza cada día
se disuelven antes de llegar a mis manos
y la oscuridad ahora esclaviza, seca y fría.
Luego que tu ultima fugaz caricia
rozó mi alma, llenándola de dudas
también, con el viento, escaparon
y si existía un pedacito de aire
era mi respiración, que ya no vacila
porque se esfumó.
Todo se siente muy frío porque todo no está.
Ayer casi creí ver una estrella,
pero observe mejor y el cielo tampoco estaba,
y ese pequeño brillo fue
solo la primera gota que mi ojo izquierdo desprendió;
por estos días es lo único que hay
y lo demás no está,
o tal vez es solamente que ella se fue
y con ella, todo.

